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Benedetti nuestro de cada día

Rodolfo Braceli -Columnista

"Murió Mario Benedetti", dijo la noticia. "Se nos murió Mario Benedetti", debió decir. Porque se murió para tantos y tantos que pronuncian sus poemas como si fueran propios. El escribió lo que el (mal llamado) hombre común y mujer común necesitan escribir.

La noticia se esperaba, pero no hay caso, nos duele tanto. Voy a desarrollar algunos párrafos que tejí con la urgencia de un cierre periodístico para La Nación. Pero antes propongo que leamos, que escuchemos en realidad, un par de fragmentos de nuestro entrañable y desde ahora extrañado Benedetti:

Jesús y yo salvadas las distancias
somos dos habitantes del exilio
y lo somos por cautos por ilusos
yo/ oscuro y fracturado/ sin mi tierra
él/ pobre desde siempre/ sin su cielo.

Sigamos escuchando otras líneas, tomadas al azar de cualquiera de sus más de ochenta libros:

De vez en cuando la alegría
tira piedritas contra mi ventana
...
está bien no jugaré al desahucio
no tatuaré el recuerdo con olvidos
mucho queda por decir y por callar
y también quedan uvas para llenar la boca

está bien me doy por persuadido
que la alegría no tire más piedritas
abriré la ventana
abriré la ventana

 

Benedetti, Mario Benedetti, ¿quién fue? Fue alguien que nos avisó: que somos mucho más que dos, que al fuego le debemos decir gracias, que el olvido está lleno de memoria y que el sur también existe. Algunos opinan que es un "gran poeta menor". El caso es que él, como el compadre Tejada Gómez, arrancó a la poesía del libro y la matrimonió con la música: consiguió la prodigiosa multiplicación de los otros panes. Un poema alado por la música llegará siempre más lejos que todo asesino misil preventivo. Certero llegará a cada corazón, y sin daños colaterales.

A Benedetti lo conocí a través de varias entrevistas. Guardo su imagen de cordial farmacéutico, con su corbata siempre descentrada y metida bajo el cinturón. Guardo especialmente la certeza de que en él, del dicho al hecho, no había un gran trecho. Como hombre, como ciudadano del mundo, siempre estuvo a la altura de lo que enarboló escribiendo. ¿De cuántos, a ver de cuántos se puede decir esto? Así anda, así trastabilla el mundo.

La última vez que lo encontré, elegimos un café de San Telmo. Le propuse hablar sobre la muerte. Apretó el ceño, se mordió el bigote perfectamente recortado, carraspeó. Temí que la pregunta quedara sumida en un silencio sin retorno. Poco considerado, lo apuré con otra pregunta entre jocosa y desmesurada: "Mario, ¿al menos podría decir de dónde venimos y a dónde vamos?". Suspiró un ayyy, sonrió apenas y siguió: "Demasiado sencilla la pregunta ¿no? Yo qué sé... Lo más fácil sería responder que venimos de la nada y vamos hacia la nada. Pero..." ¿Pero? "Pero tampoco estoy seguro". ¿Hay algo que usted tenga por seguro? "Sí. Que no quiero ser olvidadizo y menos olvidador. Que no debemos encogernos de hombros ante los 40 mil niños que sucumben diariamente en el purgatorio del hambre".
Vaya a saber por qué, pero siempre llueve cuando se viene la última despedida. Benedetti se puso el perramus sobre los hombros, subimos a un taxi y sin que mediara pregunta, empezó a modelar su respuesta pendiente: "Lo importante es la voluntad de abrir caminos. Para uno y para los demás. Es no conformarse con los caminos, las autopistas y avenidas ya abiertas por otros. El abrecaminos abre un senderito, por el momento pequeño y todavía rodeado de malezas... Yo pienso que esto es una manera de luchar contra la vejez, contra los años que se vienen. Se trata de tener respuestas vitales. Aunque todos sabemos que tenemos el fin obligatorio. Sé que la muerte es inevitable, pero es injusta. Y que no merecemos morir". ¿Y entonces, Mario? "Entonces, aunque sepamos que vamos a morir, tenemos que seguir viviendo, pero sin dejar de pensar que la muerte es injusta. Así la enfrentamos vitalmente. Tenemos que seguir siendo agresivos con ella, claro, porque es la forma de no merecerla... Pero en fin, es la ley de la vida. Y cada ley tiene su trampa. Pero la de la muerte es la única ley que no hay forma de trampear. Sea como sea, hasta el final yo pienso seguir estando muy enojado con ella, con la muerte".

La noticia con foto de ataúd nos dice que Mario Benedetti ha muerto. El, con su porfiado, luminoso enojo, sin trampear, ha desfondado la ley de las leyes. Ahora, hoy, la que está enojada es la muerte. Miles, millones, están pronunciando los transparentes poemas de Mario. Señal de que ella, la muerte, no siempre se sale con la suya: esta vez perdió la pulseada. Benedetti en realidad ahora respira de otra manera. No descansa en paz, descansa en solidaridad.

El lo escribió letra por letra: "Todos sabemos que nada ni nadie habrá de ahorrarnos el final, pero así y todo hay que vivir como si fuéramos inmortales".

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